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"Sin embargo, la verdadera razón es que los incendios han sido una parte tan inseparable de Estambul a lo largo de sus cinco siglos de historia que los estambulíes, especialmente a partir del siglo XIX, aprendieron a prepararse por adelantado a ese desastre que arrasaba la ciudad. Para los estambulies del siglo XIX, que vivían en calles estrechas y casas de madera, el que sus hogares se incendiaran, más que una catástrofe, era algo para lo que ya estaban prevenidos, como si se tratara de un final inevitable. Aunque el Imperio Otomano no se hubiera hundido, Estambul habría seguido perdiendo gran parte de su historia y de su fuerza a causa de los continuos incendios que, a principios del siglo XX, se tragaron miles de casas, decenas de barrios y enormes distritos que dejaron a decenas de personas sin hogar, pobres y desesperadas.
Para la gente como yo, que fuimos testigos de la quema y destrucción de los últimos palacetes, mansiones y casas de madera en los cincuenta y sesenta, el placer de contemplar los incendios, al contrario que los bajás, que anteponían a todo el placer visual, iba acompañado por las señas de un malestar espiritual: la culpabibilidad, la opresión y la envidia de desear que desaparecieran cuanto antes los últimos restos de una gran cultura y civilización de la que no habíamos podido ser herederos de pleno derecho, en nuestra ansia por crear en Estambul una imitación pálida, pobre y de segunda categoría de la civilización occidental.
En mi niñez y mi juventud, cuando uno de los palacetes del Bósforo empezaba a arder, se reunían multitudes curiosas en ambas orillas para contemplar el espectáculo y los que querían verlo aún más de cerca se aproximaban en motoras y barcas al edificio en llamas. En los años de mi primera juventud, cuando estallaba uno de esos incendios en el Bósforo, los amigos nos llamábamos por teléfono, nos lanzábamos a los coches e íbamos en pandilla, por ejemplo, a Emirgân, y desde allí contemplábamos las misteriosas llamas del palacete ardiendo en la otra orilla, en Asia, mientras escuchábamos en el casete (la última moda) a Creedance Clearwater Revival y nos tomábamos los sándwiches de queso, los tés y las cervezas que pedíamos en la cafetería de al lado.
Durante el espectáculo, hablábamos de cosas como, por ejemplo, los clavos de las paredes de las casas de madera que, en los incendios de antaño, salían disparados incandescentes hacia el cielo por la presión, cruzaban el Bósforo y prendían fuego a otra casa. Pero al final charlábamos sobre todo de amoríos, de cotilleos políticos, de partidos de fútbol y de la estupidez de nuestros padres. Y, lo más importante, si ante la mansión de madera en llamas pasaba un petrolero oscuro, nadie le prestaba atención, nadie lo contaba porque en realidad, el desastre ya había estallado. En los momentos en que el fuego se enardecía, en que se vivía la catástrofe en todo su horror, los amigos nos callábamos, se producía un silencio en el coche y entonces yo intuía que cada cual, observando las llamas, estaba pensando en sus propios desastres del futuro"

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